199. El brindis del verdugo.
El salón resplandece como un cofre abierto, lleno de joyas, de miradas brillantes, de voces que celebran un triunfo que no me pertenece, aunque yo me mueva entre ellas como si cada palabra, cada carcajada y cada suspiro fueran míos, porque sé cómo hacer que los ojos me sigan y que las bocas callen cuando sonrío. El banquete es un teatro de excesos: copas de oro rebosantes, frutas que gotean su pulpa madura sobre los manteles blancos, músicos que acarician los instrumentos con la misma devoción con la que los cortesanos me acariciarían si yo se los permitiera.
Él está a mi lado, con su sombra larga sobre mi hombro, y sé que no aparta la vista de mí aunque finja escuchar los halagos de los señores que lo rodean. Yo, mientras tanto, sostengo una copa en mis manos, delicada, pesada, marcada por el secreto que escondo en su interior: un veneno claro, invisible, que se disuelve entre el vino como si fuera parte de él, un beso líquido que podría arrastrarlo al abismo en un solo trago.
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