200. No hablo de misterios femeninos.
Nunca he confiado en la quietud de los hombres poderosos, porque bajo esa máscara de dominio siempre late una sombra, un presentimiento, y esta noche lo descubro en la forma en que me observa desde el borde de la cama, con los codos apoyados sobre las rodillas, el torso desnudo aún perlado de sudor, los labios húmedos por mis besos recientes y esa mirada que no se atreve a apartarse de la mía, como si buscara en mis pupilas la grieta por donde se escurre la mentira que él no logra nombrar.
El fuego de las antorchas ilumina la habitación con un resplandor irregular que convierte las paredes en un escenario de sombras palpitantes, y yo me deslizo entre esas luces como si fuera parte de un ritual secreto, aún envuelta en la seda que me cubre apenas lo necesario, sabiendo que mi cuerpo es la distracción perfecta, el arma más afilada que poseo, aunque en este instante percibo que su deseo está contaminado por una duda que no logra esconder.
—Névara… —murmura, arrastrando mi nombre como si