19. Sangre nueva, sangre antigua.
El viento que acaricia mi espalda no huele a libertad; trae el aroma áspero de la tierra vieja, ese perfume denso de leña húmeda y hierba machacada bajo pies descalzos, una mezcla de barro y memoria que mi cuerpo reconoce antes que mis ojos. Avanzo despacio, sintiendo las raíces y las piedras bajo la planta como si cada paso me arrancara algo que había creído enterrado. El sendero, torcido y cubierto de musgo, me empuja hacia un lugar que no puedo llamar hogar, aunque alguna vez lo hiciera. La