18. La que arde sola.
No sé con certeza cuánto tiempo ha pasado desde que el silencio se convirtió en mi única compañía; quizás han sido días, tal vez semanas, o tal vez una eternidad suspendida en el aliento espeso y lento del encierro, una eternidad que parece latir con el mismo compás que mi respiración cansada, en un lugar donde el tiempo no avanza, sino que se enrosca sobre sí mismo como una serpiente dormida. El cuerpo duele, no por un golpe reciente, sino por la acumulación de todo lo que ha tenido que sosten