185. Estás temblando.
Él me tiene contra las sábanas, su cuerpo pesado y ardiente sobre el mío, sus labios recorriendo con avidez cada rincón como si quisiera grabar su posesión en mi piel, y yo me arqueo, lo recibo, lo abrazo con los muslos mientras mis dedos se hunden en su espalda, fingiendo entrega absoluta, pero en el fondo mi mente está lejos, porque hay una marca aún reciente, apenas visible, que otro hombre dejó sobre mí, un rastro de labios que se negaron a borrarse, una huella clandestina que arde ahora con más fuerza porque el conspirador, sin saberlo, pasa la lengua por encima y la besa como si celebrara un triunfo que no le pertenece.
Cierro los ojos con un gemido suave, dejando que él crea que me ahogo en placer, cuando lo que me sacude es la memoria prohibida, el recuerdo de esa otra boca, de esa otra respiración jadeante contra mi cuello, de esas manos que me recorrieron con un cuidado feroz, distinto, casi reverente, como si mi cuerpo fuera un secreto que debía guardarse y no una posesión