184. La máscara en la cama.
El cuarto está en penumbras, apenas iluminado por la oscilación irregular de las velas que el conspirador ha dejado encendidas en torno a la cama como si quisiera transformar la noche en un altar privado donde solo nuestros cuerpos sean ofrenda y condena, y yo, envuelta en esas sombras cálidas, me deslizo con la gracia calculada de quien sabe que cada movimiento es una mentira que se esconde bajo la suavidad de una caricia y que cada suspiro que escapa de mis labios no es la prueba de un éxtasi