177. Quizás sea porque no temo al fuego.
La sala del banquete arde en luces doradas, las lámparas suspendidas como soles diminutos que derraman su fulgor sobre los manteles cargados de frutas, copas y carnes humeantes, mientras el murmullo de voces y risas se entrelaza con el sonido metálico de copas chocando, creando una atmósfera espesa, intoxicante, donde cada mirada es un filo y cada gesto una invitación velada al juego de poder. Yo entro como quien enciende la chispa de un incendio, sabiendo que los ojos se vuelven hacia mí no só