175. La celda del placer.
El aire en el pasillo se vuelve más denso con cada paso que damos, y aunque no lo muestre en mi rostro, lo siento palpitar sobre mi piel como un presagio, porque sé que no me conduce a los aposentos ni a los salones donde el lujo cubre la podredumbre, sino a un lugar que respira con otro ritmo, donde las paredes están impregnadas de secretos demasiado oscuros para salir a la luz. Su mano sujeta la mía con fuerza excesiva, casi como si quisiera aplastarme los huesos para recordarme que soy suya,