165. La tempestad en la cama.
La noche no tiene calma, no hay luna que consuele ni música que suavice las sombras que se alargan en los corredores del palacio; esta vez la oscuridad es un animal que ruge y me espera con las fauces abiertas, porque sé que él está allí, el conspirador, con sus ojos como brasas, ardiendo de sospechas, de celos, de esa furia que nunca sabe contener cuando cree que soy suya y al mismo tiempo teme que no lo sea.
Me encuentra antes de que yo lo busque, me arrastra del brazo con la violencia de un