159. El filo de la traición.
El aire de la habitación está tan denso que parece humo invisible, tan cargado de celos y deseo reprimido que mi piel lo siente como si fueran cuchillas acariciándome a cada respiro, y yo permanezco de pie, desnuda, aún con el calor del otro hombre adherido a mis muslos, mientras la mirada del conspirador me atraviesa como una lanza que no busca solo herir, sino poseerme incluso en la herida.
No dice nada al principio, y ese silencio me hiere más que cualquier insulto, porque sé que en él se co