122. Susurros en la carne.
El silencio nunca es completo cuando cierro los ojos; siempre queda un murmullo que se desliza entre mis pensamientos, un roce invisible que me recuerda que no estoy sola ni siquiera dentro de mí, que mi cuerpo ya no es solo mío sino un campo donde resuenan ecos que se alimentan de cada estremecimiento, y esta noche, mientras me dejo caer sobre la cama, con el cuerpo aún temblando por la batalla del día, siento que alguien —o algo— respira con mi misma cadencia, como si las sombras observaran c