Cap. 144 Señora Catalina, no se equivoque
Augusto se acercó a su esposa, Isabella, quien, al sentir su presencia, se acurrucó levemente contra su pecho.
Era el gesto de una flor de hierro que, obviamente, no necesitaba protección alguna, pero que lo aparentaba, solo para que su esposo se sintiera necesario, emocionado, el protector de la mujer más formidable que conocía.
Era un juego íntimo, un código de amor entre ellos. Augusto la rodeó con un brazo, y juntos, salieron del lugar con la misma dignidad con la que habían entrado.
Luther, que se había mantenido en la periferia, alerta como siempre, dio una mirada de soslayo a Lucius justo en el momento en que este, ya reinstalado en su papel de heredero impasible, recibía otro pésame.
Lucius la percibió, el más leve giro de su cabeza indicando que sentía el peso de esa mirada.
Pero la mirada de Luther no era de advertencia o de desafío esta vez. Luther había visto el acercamiento. Desde su posición discreta, con la vista entrenada del exmilitar y del protector, había visto,