Cap. 144 Señora Catalina, no se equivoque
Augusto se acercó a su esposa, Isabella, quien, al sentir su presencia, se acurrucó levemente contra su pecho.
Era el gesto de una flor de hierro que, obviamente, no necesitaba protección alguna, pero que lo aparentaba, solo para que su esposo se sintiera necesario, emocionado, el protector de la mujer más formidable que conocía.
Era un juego íntimo, un código de amor entre ellos. Augusto la rodeó con un brazo, y juntos, salieron del lugar con la misma dignidad con la que habían entrado.
Luth