Cap. 143 "En buena hora."
Cerca del féretro cerrado, en un semicírculo de dolor y poder, estaba la familia doliente. Catalina, hundida en una silla ornamental, parecía haber encogido. Sus mejillas estaban húmedas, surcadas por llanto silencioso y genuino, la máscara del cálculo finalmente rota por la pérdida de su hijo.
Parado a su lado, erguido como una columna de mármol negro, estaba Lucius. Frío. Ajeno. Inalcanzable. Inescrutable. Su mirada, vacía de toda emoción reconocible, escudriñaba a los que se acercaban a dar el pésame con la evaluación distante de un guardia, no de un hijo en duelo. Era la encarnación perfecta del heredero Samaniego, no del hijo Ottum.
Isabella se separó de su grupo y se acercó directamente a él. Al hacerlo, Lucius tuvo un brillo imperceptible en sus ojos, un destello que solo una madre que lo había parido y criado podía captar. Fue rápido como el aleteo de un colibrí, pero para Isabella, fue un fogonazo del hijo que había enterrado bajo el hielo.
Ella le extendió la mano, no para u