Cap. 143 "En buena hora."
Cerca del féretro cerrado, en un semicírculo de dolor y poder, estaba la familia doliente. Catalina, hundida en una silla ornamental, parecía haber encogido. Sus mejillas estaban húmedas, surcadas por llanto silencioso y genuino, la máscara del cálculo finalmente rota por la pérdida de su hijo.
Parado a su lado, erguido como una columna de mármol negro, estaba Lucius. Frío. Ajeno. Inalcanzable. Inescrutable. Su mirada, vacía de toda emoción reconocible, escudriñaba a los que se acercaban a dar