Cap. 134 No es una traición
Las siguientes 72 horas fueron un desastre absoluto, un limbo de agonía. Alicia preguntaba por su padre cada hora, su sonrisa desapareciendo a medida que la ausencia se hacía eterna.
Los bebés, Luna y Sebastián, se inquietaban en los horarios en que esperaban el arrullo conocido de Lucius, el que los calmaba como nadie más podía. La casa resonaba con un silencio cargado de sus fantasmas.
Alba exigía respuestas, movilizando a todos los contactos, legales e ilegales. Luther se hacía el que buscaba con frenesí, pero en sus ojos, Alba empezaba a ver una verdad terrible: él sabía bien dónde estaba. Y sabía, o intuía, lo que vendría, y esa certeza lo paralizaba más que la ignorancia.
Isabella desplegó su red de influencias, pero chocó contra un muro de silencio impenetrable alrededor de Elián. Augusto estaba inquieto, con un calambre en el corazón que no era metafórico; el dolor de la pérdida y la preocupación le oprimían el pecho.
Pasaron tres meses. Tres meses de una angustia sorda y co