El día comenzó con el mismo aire pesado de siempre. Abrí los ojos lentamente, parpadeando contra la luz suave que se filtraba por las cortinas de lino. La habitación estaba en silencio, salvo por el tic-tac del reloj sobre mi mesita de noche. Por un momento pensé que Rosa vendría enseguida a despertarme, como de costumbre, pero la casa permanecía tranquila, sin su voz rondando en el pasillo.
Me incorporé en la cama, acomodé la almohada contra la cabecera y me quedé allí, observando mis manos. A