Desperté con una sensación distinta. No podría decir que era felicidad, ni siquiera calma, pero sí algo más ligero que los días anteriores. Quizás era porque había logrado comer un poco la noche anterior, apenas unas cucharadas de sopa que Rosa me insistió en probar, pero fue suficiente para que mi cuerpo no se sintiera tan vacío al abrir los ojos. Me incorporé lentamente en la cama y, por primera vez en días, no me quedé mirando el techo durante horas.
Me senté en la orilla, respiré profundo y