Desperté sin ganas, otra vez. El techo de mi habitación parecía burlarse de mí, con sus tonos claros que antes me parecían tan acogedores y hoy no eran más que un reflejo del vacío que llevo dentro. El aire estaba pesado, denso, como si me obligara a permanecer acostada. No tenía motivos para salir de la cama, pero tampoco para quedarme en ella. Vivía en esa contradicción absurda de no querer moverme y, al mismo tiempo, sentir que el encierro me consumía.
Aun así, después de varios minutos luch