El café frente a mí humeaba con insistencia, como si quisiera recordarme que debía probarlo, pero no fui capaz de llevar la taza a mis labios. Tenía las manos aferradas al borde, no por el calor que ofrecía, sino porque necesitaba sostenerme de algo para no desmoronarme frente a Matías.
Él parecía cómodo, o al menos eso mostraba. Sostenía su taza de americano con esa naturalidad que siempre lo caracterizaba. Cada movimiento suyo me resultaba dolorosamente familiar: la manera en que giraba la mu