Capítulo 47

El aeropuerto de Londres estaba abarrotado de gente, pero yo apenas podía escuchar los murmullos. Mis pasos eran automáticos, como si alguien más guiara mis pies. El boleto de avión en mi mano estaba arrugado por la presión de mis dedos. Tenía miedo.

El miedo no era al vuelo en sí —había viajado muchas veces—, sino a la idea de que algo pudiera suceder antes de despegar. Desde que bebí aquel café en el lobby del hotel y mi cuerpo se desplomó en síntomas de envenenamiento, no podía dejar
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