Salí de la casa de Matías con la intención de ir directamente a la mía. La noche estaba fresca, y el jardín que rodeaba la mansión estaba iluminado tenuemente por las luces bajas, que dibujaban sombras largas y alargadas entre los arbustos. Apenas había dado un par de pasos cuando escuché la voz de la madre de Matías:
—Isabella, ¿no te vas a despedir de tu prometido?
Me detuve, sorprendida. No esperaba verla allí, y su tono tenía esa mezcla de sorpresa y reproche que siempre me incomodaba. Dudé