Santiago insistió en acompañarme a la farmacia dentro del hospital. Yo traté de convencerlo de que no era necesario, que podía arreglármelas sola, pero él simplemente tomó la receta de mis manos con esa seguridad que siempre había tenido y dijo:
—Isa, no empieces. Déjame ayudarte.
Ese diminutivo volvió a remover en mí una ternura extraña. Hacía tantos años que no lo escuchaba… Diez, quince tal vez, desde que su familia se había ido al extranjero y la vida nos había separado de golpe. No pude ev