Santiago insistió en acompañarme a la farmacia dentro del hospital. Yo traté de convencerlo de que no era necesario, que podía arreglármelas sola, pero él simplemente tomó la receta de mis manos con esa seguridad que siempre había tenido y dijo:
—Isa, no empieces. Déjame ayudarte.
Ese diminutivo volvió a remover en mí una ternura extraña. Hacía tantos años que no lo escuchaba… Diez, quince tal vez, desde que su familia se había ido al extranjero y la vida nos había separado de golpe. No pude evitar sonreírle, aunque por dentro sentía que cada paso que daba me recordaba el mareo, la debilidad y la extraña mezcla de emociones que me atravesaban.
La farmacia estaba casi vacía. Santiago pidió los suplementos y vitaminas que el médico había indicado, mientras yo me quedaba a un costado, observando cómo se desenvolvía con naturalidad. El tiempo no había borrado en él esa manera de hacerse cargo, de dar calma en medio de cualquier situación.
—Aquí tienes —me dijo al entregarme la bolsa—. Aho