El corazón me golpeó con tanta fuerza que sentí un vértigo leve. Habían pasado años, muchísimos, desde la última vez que lo vi. Y, sin embargo, sus ojos eran los mismos: cálidos, transparentes, con esa chispa inquieta que me recordaba a las tardes de juegos en los jardines. Pero no era el mismo niño; frente a mí había un hombre hecho y derecho, con rasgos más marcados, una sonrisa amplia y un porte seguro que lo hacía ver distinto, pero a la vez tan familiar que casi me dolió.
—¿Eres tú? —susur