El corazón me golpeó con tanta fuerza que sentí un vértigo leve. Habían pasado años, muchísimos, desde la última vez que lo vi. Y, sin embargo, sus ojos eran los mismos: cálidos, transparentes, con esa chispa inquieta que me recordaba a las tardes de juegos en los jardines. Pero no era el mismo niño; frente a mí había un hombre hecho y derecho, con rasgos más marcados, una sonrisa amplia y un porte seguro que lo hacía ver distinto, pero a la vez tan familiar que casi me dolió.
—¿Eres tú? —susurré, apenas con un hilo de voz.
Él sonrió de oreja a oreja, como si el tiempo no hubiera pasado.
—¡Claro que sí! —dijo emocionado—. ¡Qué milagro! Tenía tanto que no te veía… ¿qué serán? ¿Diez, doce años?
No pude evitar sonreír.
—Sí… demasiado tiempo.
Nos quedamos mirándonos un instante, como si ambos necesitáramos convencernos de que era real, que la vida nos había puesto otra vez frente a frente. Me recorrió una sensación extraña, una mezcla de nostalgia y alivio. Santiago había sido más que un