Los días después de aquella cita con Matías se me hicieron insoportables. Todavía recuerdo el modo en que me tomó la mano en el restaurante, sus ojos esquivando los míos cuando se atrevió a pronunciar que tenía que decirme algo… algo que no podía esperar. Su voz grave, contenida, como si estuviera atrapada entre el deber y la culpa. Pero lo dejó en suspenso, me lo arrebató de los labios justo cuando creí que por fin iba a confiarme la verdad.
Desde entonces, cada hora se volvió una tortura. Los