No pude contestar su pregunta.
Las palabras se quedaron atascadas en mi garganta, como si mi voz se hubiera evaporado en el aire espeso que nos rodeaba. Sarah me miraba fijamente, con esa sonrisa que no era del todo sonrisa, con esa calma tan ensayada que me revolvía el estómago.
—Déjame responderte yo —dijo en un susurro, inclinándose hacia mí con un gesto casi cómplice—. Yo sé que no has podido dormir.
Su tono no fue de burla, ni de compasión, sino de certeza. Una certeza que me desarmó. ¿Cóm