Alejandro llegó puntual, como siempre.
Traía puesta una camisa azul claro, las mangas arremangadas, el cabello revuelto.
Su sonrisa me envolvió apenas bajé las escaleras.
—Te ves preciosa —dijo con esa naturalidad que siempre me desarma.
—Gracias —respondí, aunque sabía que no lo decía por cortesía. Alejandro no sabía decir nada que no sintiera.
Nos subimos al coche.
Durante el trayecto, él hablaba de cosas triviales: el tráfico, una operación complicada, una paciente que le regaló flores