El silencio de la casa se sentía diferente esa noche. No era pesado ni sofocante, más bien parecía un susurro amable, como si las paredes mismas quisieran escucharme. Yo aún llevaba la ropa comoda con el que había salido a cenar con Alejandro. Había sido una velada extraña: ligera por momentos, dolorosa por otros. Una mezcla que aún no lograba digerir del todo.
Rosa me esperaba en la sala, como siempre, con esa expresión suya que oscilaba entre curiosidad y ternura. Apenas me vio, sus ojos bril