El silencio volvió a invadir la habitación después de que Alejandro terminó de contarme lo que había pasado la noche anterior. No podía mirarlo mucho tiempo seguido sin sentir que me hundía en la tierra. La vergüenza era tan grande que apenas podía sostener la respiración.
Tenía la sensación de que nunca había estado tan expuesta, tan vulnerable ante alguien que apenas conocía. Lo peor era que no quería huir. Una parte de mí, la parte que siempre se protegía, me gritaba que me fuera, que salier