Las palabras de César fueron como un balde de agua helada, que apagó las últimas llamas de esperanza y amor en su corazón. Simplemente no podía creerlo. Sentía cómo la injusticia la ahogaba y cómo la rabia la consumía por dentro. Sin embargo, estaba extrañamente serena.
Al final, descubrió que, en el momento más doloroso, incluso las lágrimas no saldrían. Todo le parecía tan ridículo.
—¿Me culpas por robarle su lugar durante seis años? Pues bien, ¿qué tal si ahora se lo devuelvo?
Dicho esto, apa