Mundo ficciónIniciar sesiónMi esposo, Adrián Ferrer, podía oír las notificaciones de mi sistema. [Usuaria, el nivel de amor ha llegado al máximo. ¿Deseas borrar tus sentimientos y regresar al mundo real?] Al oírlo, el rostro de Adrián se volvió gélido. Sin embargo, no me oyó responder entre sollozos: —No me iré. Lo elijo a él. Como solo había oído que mi nivel de amor había llegado al máximo y que podía regresar al mundo real, creyó que, si conseguía reducir mi nivel de amor antes de que completara la misión, nunca podría dejarlo. No sabía que, si aquel amor llegaba a cero, el sistema también abriría un portal de salida de emergencia. Por eso, para retenerme a su lado, Adrián me arrancó una parte de la raíz espiritual para salvar a Camila Rivas, la discípula más joven de la Secta del Vacío. Después le entregó el loto de nieve milenario destinado a reparar mi raíz, aunque ella apenas se había raspado la piel. Durante su tribulación celestial, Camila robó la espada vinculada a mi alma y la usó para detener el primer rayo, haciéndola pedazos. —Adrián no soporta verme sufrir. Por eso no tuvo más remedio que usarte como escudo. Para tranquilizarla y protegerla de los rayos restantes, Adrián llegó al extremo de atarme con cadenas para inmortales al pilar que atraía los rayos. Una tormenta de rayos celestiales cayó sobre mí y terminé cubierta de sangre en la Plataforma de Ejecución. Más tarde, mientras Adrián celebraba su ceremonia de unión con Camila y yo permanecía sola en el Acantilado de Penitencia, el sistema volvió a hablar: [Usuaria, el nivel de amor ha llegado a cero. Portal de salida de emergencia abierto. ¿Confirmas tu salida?] Esta vez no dudé. Reuní mis últimas fuerzas y respondí: —Confirmo.
Leer másEl día en que Camila perdió todo su poder espiritual, Adrián no fue a verla. Decían que había pasado la noche entera gritando y llorando a orillas del Estanque Helado. Lo llamaba por su nombre, decía que le dolía y repetía que estaba arrepentida.Pero Adrián permaneció en el Pabellón del Ocaso, ordenando las cosas que yo había dejado. Ese era el lugar donde había vivido. Todo seguía allí.El soporte para la espada estaba vacío. Sobre el tocador había un pañuelo a medio bordar. En el fondo del armario encontró un abrigo de invierno que había comenzado a confeccionar para él.Cuando Adrián lo levantó, vio que una de las mangas aún estaba sin terminar. Allí había bordado una rama de pino. A un lado aparecía su nombre en letras diminutas.Lo observó durante largo rato y recordó de pronto aquel invierno en que yo cosía bajo la luz de una lámpara.—Si algún día ya no pudiera volver a mi mundo, ¿te gustaría que me quedara aquí? —le había preguntado.Para entonces él ya desconfiaba de mí.—¿Qu
Adrián regresó al Acantilado de Penitencia. Permaneció allí durante tres días. Nadie se atrevió a persuadirlo de que volviera.Sentado en el lugar donde yo había desaparecido, sostenía contra el pecho la capa con la que me había cubierto. La nieve se acumulaba sobre sus hombros y él ni siquiera se la sacudía. Uno de los ancianos de mayor rango de la Secta fue a verlo. Se detuvo al otro lado del puente roto y suspiró.—Adrián, ella ya se fue. Debes recomponerte. La Secta no puede quedarse sin líder.Él no volvió la cabeza.—No murió.El anciano frunció el ceño.—Su lámpara del alma se apagó y ningún hechizo encuentra su alma.—Entonces se marchó a otro lugar.La voz de Adrián estaba ronca.—Ella dijo que existía un mundo real.El anciano guardó silencio unos instantes.—Jamás podrás encontrarlo.Adrián bajó la mirada hacia el jade roto, como si no lo hubiera oído.—Lo encontraré.Antes también había tenido aquella certeza. Estaba seguro de que yo no me marcharía, de que tarde o temprano
Adrián investigó durante toda la noche: la raíz espiritual, la espada vinculada a mi alma, el loto de nieve milenario, el clavo sellador y las cadenas para inmortales. Una tras otra, aquellas verdades tardías fueron derrumbando todas las excusas tras las que Adrián se había escondido.Camila no había necesitado el loto de nieve por una simple raspadura. Al enterarse de que aquella flor estaba destinada a reparar mi raíz espiritual, se había dejado caer a propósito el día previsto para recoger el loto. Tampoco había tomado mi espada al azar en medio del pánico.Había abierto el cofre tres días antes y la había ocultado bajo la plataforma de la tribulación.Incluso había sido ella quien les dijo a los discípulos del Tribunal Disciplinario que usaran el clavo sellador:—Elena posee demasiado poder. Si no bloquean su energía, podría atacar a los invitados en un arrebato de ira y poner a Adrián en una situación difícil.Lo más absurdo era que Adrián nunca había ignorado por completo lo que
La Sala de las Lámparas del Alma estaba situada en la montaña que se alzaba detrás de la Secta del Vacío. Durante trescientos años, mi lámpara había permanecido junto a la de Adrián. Él mismo las había colocado una al lado de la otra.—A partir de ahora, quien venga a añadir aceite tendrá que llenar las dos. Nada de favoritismos.El discípulo encargado de las lámparas todavía recordaba sus palabras. Por eso, cuando Adrián irrumpió en la sala, todos cayeron de rodillas y nadie se atrevió a hablar. En el estante más alto, su lámpara seguía encendida.A su lado, la mía solo contenía ceniza fría. La mecha estaba rota. El aceite se había ennegrecido y solidificado como una gota de sangre seca.Adrián se detuvo ante ella y alzó una mano para encenderla de nuevo. El anciano que custodiaba las lámparas palideció.—¡No lo haga, señor! Una lámpara del alma se apaga cuando el alma abandona el cuerpo. Si intenta forzarla a arder, solo conseguirá herirse.Adrián no pareció oírlo. Hizo arder su llam
Último capítulo