Cuando Mi Amor Llegó a Cero
Cuando Mi Amor Llegó a Cero
Por: Cecilia Montaño
Capítulo 1
Yacía en un charco de sangre, con la carne pegada a las cadenas. El menor movimiento me provocaba un dolor desgarrador. Adrián estaba de pie a poca distancia. Su rostro conservaba la misma expresión fría y distante de siempre. Sin embargo, aquellos ojos que tantas veces me habían mirado con ternura ni siquiera se detuvieron en mí: fueron directamente hacia Camila.

Camila se refugiaba detrás de él, envuelta en su capa blanca y con el rostro pálido como la nieve.

—¿Elena sigue enojada conmigo?

Sujetó con delicadeza la manga de Adrián.

—De verdad no sabía que esa espada estaba vinculada a su alma. Cuando cayeron los rayos durante mi tribulación, me asusté tanto que la usé para protegerme.

—Todavía no te has recuperado. Trata de no hablar —respondió él en voz baja.

Luego le ajustó la capa con suma delicadeza. Durante incontables noches frías, había hecho lo mismo conmigo. Lo miré y sentí que la sangre me subía por la garganta.

—Adrián, mi espada quedó hecha pedazos.

Él frunció apenas el ceño.

—Lo sé, pero puede volver a forjarse.

De pronto me eché a reír. Así que, para él, mi vida no era más que un objeto roto que podía repararse.

—¿Y aun así lo dices con tanta tranquilidad?

Levanté la mano derecha. Aún tenía los dedos manchados con la sangre provocada por el daño espiritual que sufrí cuando la espada se hizo pedazos.

—Entonces también deberías saber que, cuando una espada vinculada al alma se rompe, su dueño siente como si le arrancaran parte de la vida. Cuando decidiste usarme para protegerla de los rayos, ¿pensaste siquiera en cuánto me dolería?

Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas.

—Yo nunca le pedí a Adrián que te usara para protegerme de los rayos.

El semblante de Adrián se endureció.

—Elena, Camila estuvo a punto de morir durante la tribulación. No lo hizo a propósito.

Otra vez la misma excusa. Con ella justificaba que mi espada se hiciera pedazos, que yo terminara cubierta de sangre y que hasta mi vida sirviera para protegerla.

La voz del sistema resonó en mi mente:

[La vitalidad ha caído por debajo del veinte por ciento. Alma dañada. Preparando la apertura del portal de salida de emergencia.]

Adrián también pareció oírlo. Vi cómo se le tensaban por un instante los dedos ocultos bajo la manga. Sin embargo, recuperó enseguida la compostura y su mirada se volvió aún más fría.

—Otra vez esa voz.

Se acercó y me miró desde arriba.

—Siempre recurres a esto para presionarme, ¿verdad?

Me quedé paralizada. ¿De verdad creía que intentaba amenazarlo? Adrián se inclinó y me levantó la barbilla.

Con un gesto que aún conservaba algo de la ternura de otros tiempos, limpió la sangre de mis labios. Pero sus palabras fueron frías como un cuchillo.

—Si de verdad fueras capaz de dejarme, ya lo habrías hecho hace mucho.

Lo miré. Sentía como si me estuvieran arrancando el corazón.

—No estoy usando esto para presionarte.

—Entonces, ¿qué quieres?

Su voz era muy baja.

—¿Quieres que deje a Camila delante de todos y corra a atenderte a ti primero?

No supe qué responder. No porque su pregunta fuera demasiado cruel, sino porque el Adrián de antes siempre me habría salvado primero. Aunque solo me hiciera un pequeño corte con una taza rota, me tomaba la mano y la examinaba durante largo rato.

Ahora estaba cubierta de sangre y él pensaba que competía por su atención. Adrián me soltó y recuperó su expresión impasible.

—Discúlpate con Camila.

Alcé la mirada. La última luz de mis ojos se apagó poco a poco.

—¿Por qué?

—No hace falta. Elena está muy herida —se apresuró a decir Camila.

—Precisamente porque está así debería aprender a medir las consecuencias —la interrumpió.

Me observó con decepción y un cansancio que no intentó ocultar.

—Antes no eras así.

Solté una risa repentina.

—¿Y cómo era antes?

No respondió. Se limitó a hacer una seña. Un discípulo del Tribunal Disciplinario se acercó y me clavó un clavo sellador de energía espiritual junto al hueso de la muñeca. Palidecí de inmediato.

Una vez introducido en el cuerpo, aquel objeto bloquearía mi energía espiritual e impediría que mis heridas sanaran por sí solas. Adrián me miró con indiferencia.

—Llévenla ante la residencia de Camila. Se quedará de rodillas hasta que se disculpe. Solo entonces le quitarán el clavo.

Intenté apoyarme en una mano para sentarme. Pero aún sufría las secuelas espirituales de la ruptura de mi espada. En cuanto apoyé la palma derecha en el suelo, el clavo se hundió aún más entre mis huesos. Me estremecí de dolor y la mano me falló.

Se oyó un chasquido seco. El hueso se había fracturado. Un destello de preocupación cruzó la mirada de Adrián.

Extendió la mano para ayudarme, pero Camila tosió suavemente. Adrián se detuvo y terminó retirándola. En ese instante comprendí que sí sabía cuánto me dolía.

Simplemente creía que yo todavía podía soportarlo.

La voz del sistema volvió a sonar:

[El nivel de amor ha disminuido. Nivel actual: doce.]

Al oírlo, el rostro de Adrián se volvió más frío. Como si aquella notificación hubiera herido su orgullo, se dio la vuelta y tomó a Camila de la mano.

—Llévensela.

Después de avanzar unos pasos, se detuvo.

—No dejen que muera. Cuando termine la ceremonia de mañana, hablaré con ella.

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