Un vacío se abrió de pronto en el alma de Adrián. Fue como si alguien hubiera arrancado de lo más profundo de su conciencia una lámpara que llevaba trescientos años encendida, sin dejar siquiera un rastro de calor. Todos los invitados quedaron atónitos.
Camila aún lo sujetaba de la manga y, con las mejillas sonrojadas, intentó recoger la copa.
—¿Adrián?
Él no la miró. Se llevó una mano al pecho. Los dedos le temblaban. Allí siempre había existido un vínculo muy tenue.
Antes de nuestra ceremonia