Un vacío se abrió de pronto en el alma de Adrián. Fue como si alguien hubiera arrancado de lo más profundo de su conciencia una lámpara que llevaba trescientos años encendida, sin dejar siquiera un rastro de calor. Todos los invitados quedaron atónitos.Camila aún lo sujetaba de la manga y, con las mejillas sonrojadas, intentó recoger la copa.—¿Adrián?Él no la miró. Se llevó una mano al pecho. Los dedos le temblaban. Allí siempre había existido un vínculo muy tenue.Antes de nuestra ceremonia de unión, temiendo que me perdiera en algún dominio oculto, él mismo había atado a mi alma un hilo de su energía espiritual. Yo solía decir que se parecía demasiado a una cuerda. Él se reía.—Así, si algún día desapareces, siempre podré encontrarte.Aquel vínculo me había acompañado durante trescientos años. En otro tiempo, cuando me herían, ardía, y cuando lloraba, se agitaba. Sin embargo, desde que Adrián me arrancó parte de la raíz espiritual, se había debilitado hasta volverse casi impercept
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