Adrián regresó al Acantilado de Penitencia. Permaneció allí durante tres días. Nadie se atrevió a persuadirlo de que volviera.
Sentado en el lugar donde yo había desaparecido, sostenía contra el pecho la capa con la que me había cubierto. La nieve se acumulaba sobre sus hombros y él ni siquiera se la sacudía. Uno de los ancianos de mayor rango de la Secta fue a verlo. Se detuvo al otro lado del puente roto y suspiró.
—Adrián, ella ya se fue. Debes recomponerte. La Secta no puede quedarse sin líd