Aimunan
Me había perdido demasiadas cosas en estos diez años, pero no me arrepentía. La ciudad había sido mi refugio, un paréntesis de asfalto y luces, aunque ahora comprendía que no se puede huir de lo que uno es. El destino no se sueña, se padece o se acepta.
Salimos de aquel lugar que parecía la guarida de un espía y nos internamos en la selva. El sendero nos recibió con un aroma a tierra mojada y jazmín silvestre tan denso que casi se podía saborear. Era el momento de enfrentar la realida