Aimunan
Nunca me había detenido a pensar en la vida de mi hermano. Desde que me fui a la ciudad, perdimos el rastro del otro. Sabía que a los veinte años ya tenía dos títulos y una empresa turística, pero hubo cinco años de su vida que fueron un agujero negro para mí. Mi madre decía que estaba de viaje con el abuelo, pero ahora las piezas no encajaban. Isaac no era solo un guía de trekking; la tarjeta dorada en mis manos y su presencia en Corea sugerían algo mucho más profundo. ¿En qué se había convertido mi hermano mientras yo estudiaba ingeniería?
Unos golpes en la puerta interrumpieron mis pensamientos. Era Karl.
—Señorita García, un placer verla de nuevo —dijo con una sonrisa profesional—. ¿Cómo la trata mi país?
—Fantástico —mentí, tratando de ocultar mi agotamiento—. He conocido más lugares aquí que en Venezuela.
Fui directa al grano. No tenía tiempo para cortesías.
—¿Qué pasará conmigo ahora que el jefe ha perdido la memoria?
—Usted maneja su agenda, Aimunan. Sabe todo