Aimunan
El primer sonido no fue la sirena, sino un silencio blanco. Un pitido constante, plano, inhumano. Mis párpados pesaban demasiado para abrirlos, y un dolor opaco, profundo, residía en mi abdomen y mi espalda baja.
Había oscuridad, y un frío que no era de la habitación. Era un vacío.
Sentí que flotaba entre dos realidades: la niebla pesada de la anestesia, y una certidumbre terrible. Cuando el coche impactó, no sentí el metal; sentí una presión enorme, una explosión de energía qu