Aimunan
La tormenta se desató con una furia repentina. El viento sibilante y las centellas que rasgaban el cielo nocturno parecían responder a la tensión que se respiraba en mi cabaña. Jia, con los brazos cruzados y una expresión de triunfo amargo, esperó a que uno de los chicos le trajera un impermeable antes de desaparecer bajo la lluvia, dejándome a solas con mis pensamientos.
Me senté en la hamaca, mecida por el sonido del agua golpeando el techo de palmas. Las palabras de Jia daban vueltas en mi cabeza como insectos molestos. ¿Él tiene novia? Por supuesto que la tiene, me recriminé. Un hombre como Alexander Lee no va por el mundo solo. Pensé en lo que estuvimos a punto de hacer apenas media hora atrás y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Quizás, por alguna razón mística, las cosas no habían llegado al final.
¿Podría yo ser capaz de vivir una aventura fugaz y luego simplemente seguir adelante? Me conozco, o al menos eso creía. Siempre he buscado la con