Aimunan
Había terminado de hablar con mi hermano y mi madre, pero sus palabras seguían retumbando en mis oídos. Entré a la ducha con la mente saturada. Dejé que el agua caliente borrara el rastro de la vigilia mientras recordaba la advertencia de mi hermano: «Procederán a conocer el momento en que coincidieron. Verán lo que los unió».
A estas alturas, los Piasanes en Venezuela ya debían haberlo visto todo a través de su mente compartida: el trato, la pasión, mi aparente frialdad. Sentí una punzada de vergüenza. Mi abuelo debía estar decepcionado por mis decisiones, por haberme dejado usar de esa forma. Pero ya no había marcha atrás.
Al salir de la ducha, noté algo extraño: mi periodo, que solía durar cinco días, se había cortado abruptamente. No sabía si era el estrés o la energía de este lugar la que estaba alterando mi cuerpo. Me vestí con algo cómodo, lista para cualquier imprevisto, y me dejé caer en la cama. El cansancio me venció al instante.
En mis sueños, me encontraba f