Aimunan
Evaluar cada roca a través de una pantalla es una tarea titánica. Sin poder sentirlas, sin sopesar su densidad o la vibración de su energía, me siento un poco a ciegas. Sin embargo, los días han transcurrido en una rutina extrañamente armoniosa. Desayunamos juntos y luego nos sumergimos en el silencio del laboratorio: él en su mundo de cifras y yo traduciendo notas y analizando minerales.
A veces, cuando lo observo de reojo, no puedo evitar preguntarme qué herida carga un hombre así para renunciar al amor. Quizás sea la lógica del poder; alguien de su estatus suele ver los sentimientos como una debilidad o un estorbo. Yo, que estoy a las puertas de mi primera experiencia real, temo arrepentirme, pero como dicen en mi pueblo: "Nadie te quita lo bailado".
Alexander ha sido un maestro impecable. Su paciencia para explicar los detalles técnicos es infinita, y esa faceta profesional me ha servido de escudo para no desarmarme ante sus miradas. O eso intento creer, porque mi cora