Posesivo
Aimunan

​—Sabes que siempre estaré aquí cuando me necesites —dijo Marcos. Sus ojos, cargados de una nostalgia que me partía el alma, recorrieron mi rostro como si quisieran memorizar cada trazo antes de que la selva nos separara de nuevo.

​—Gracias, de verdad —respondí con sinceridad.

​Nos fundimos en un abrazo apretado, un refugio breve en medio de tanto caos. En ese momento, no me importó el qué dirán, pero la piel se me erizó al sentir una presencia pesada a pocos metros. A través de la abertura de la tienda de campaña, un par de ojos oscuros nos observaban con una intensidad fulminante. Alexander.

​—Mañana te regresas con el gran jefe —continuó Marcos, forzando una sonrisa melancólica—. No te olvides de que aquí tienes un amigo en el corazón de la selva. Escríbeme más a menudo, Munan, o terminaré hablándole a las rocas para no volverme loco.

​Nos reímos a carcajadas, un sonido que se sintió extraño en aquel lugar tan solemne. Tras despedirme con un último adiós, vi que la reu
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