Al día siguiente, Arya despertó con un grito ahogado atrapado en su garganta. El eco de la pesadilla aún resonaba en su mente: el rostro de Elandor, la fría hoja de su daga, el inconfundible olor a sangre y ceniza que parecía haberse adherido a su piel. El corazón le latía desbocado en el pecho, un tambor de angustia y culpa, por mucho que se dijera a sí misma que era justicia. El sudor frío le perlaba la frente.
Se obligó a levantarse, la imagen persistente en su retina. Se bañó con agua hel