El lunes llegó a Nueva York como un cobrador de deudas implacable, golpeando la ventana con una luz gris y fría que no pedía permiso.
El fin de semana había sido una burbuja de perfección absoluta. Habían vivido atrincherados dentro de ese pequeño apartamento del Upper West Side, ignorando el mundo exterior, alimentándose de pizza, sobras recalentadas, amor y promesas susurradas en la oscuridad. Habían construido un universo de dos donde los apellidos no importaban y el dinero era un concepto abstracto.
Pero cuando la alarma del teléfono de Ethan sonó a las 6:30 AM, la realidad rompió el hechizo con la sutileza de un martillazo sobre cristal.
Luciana se removió entre las sábanas revueltas, estirando una mano hacia el lado que ya empezaba a enfriarse de la cama.
—No te vayas todavía... —murmuró con la voz pastosa del sueño, sus ojos aún cerrados, buscando el calor de su cuerpo.
Pero Ethan ya no estaba al alcance de su mano.
Estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, abrochándose