El lunes llegó a Nueva York como un cobrador de deudas implacable, golpeando la ventana con una luz gris y fría que no pedía permiso.
El fin de semana había sido una burbuja de perfección absoluta. Habían vivido atrincherados dentro de ese pequeño apartamento del Upper West Side, ignorando el mundo exterior, alimentándose de pizza, sobras recalentadas, amor y promesas susurradas en la oscuridad. Habían construido un universo de dos donde los apellidos no importaban y el dinero era un concepto a