El alivio tras la partida de Catherine Vanderbilt fue efímero, como una bocanada de aire antes de volver a hundirse en aguas profundas.
Luciana aún sentía el calor de la mano de Ethan en su espalda, un ancla firme en medio del oleaje de seda, joyas y murmullos del salón de baile. Habían sobrevivido a la matriarca. Habían recibido una especie de bendición críptica. Pero la noche recién comenzaba y el campo de batalla estaba lejos de despejarse.
—No te relajes —murmuró Ethan cerca de su oído. Su aliento rozó su piel y le provocó un escalofrío—. Veo movimiento a las tres en punto.
Luciana giró la cabeza con discreción.
El muro de invitados se abrió para dejar paso a dos figuras que conocía tan bien como a sus propios padres fallecidos.
Victoria y Alexander Vanderbilt.
Los padres de Stefan.
Avanzaban con esa sincronía elegante que solo poseen las parejas que han pasado décadas en la cima del mundo social. Victoria vestía de plateado, como una estatua de mercurio: hermosa, impecable, fría.