El vestíbulo del Hotel Plaza no era solo un salón; era una declaración de principios.
Techos abovedados con frescos pintados a mano, candelabros de cristal que colgaban como lágrimas congeladas de gigantes y una alfombra roja tan espesa que parecía absorber el sonido de los pasos. El aire olía a rosas blancas, champán caro y dinero antiguo.
Luciana y Ethan cruzaron el umbral como quien entra en una arena de gladiadores.
Los flashes de los fotógrafos se quedaron atrás, amortiguados por las pesadas puertas giratorias, pero adentro, las miradas eran más afiladas que cualquier lente de cámara.
La élite de Nueva York estaba allí. Banqueros, herederos, magnates navieros. Hombres con esmóquines idénticos y mujeres con joyas que costaban más que edificios enteros. Era un mar de uniformidad dorada.
Y entonces estaban ellos.
Luciana, una columna de oscuridad líquida en su Valentino, caminando con la barbilla en alto. Y Ethan...
Ethan destacaba como una mancha de tinta en una hoja blanca.
Su cam