El vestíbulo del Hotel Plaza no era solo un salón; era una declaración de principios.
Techos abovedados con frescos pintados a mano, candelabros de cristal que colgaban como lágrimas congeladas de gigantes y una alfombra roja tan espesa que parecía absorber el sonido de los pasos. El aire olía a rosas blancas, champán caro y dinero antiguo.
Luciana y Ethan cruzaron el umbral como quien entra en una arena de gladiadores.
Los flashes de los fotógrafos se quedaron atrás, amortiguados por las pesad