Luciana cruzó las puertas de cristal de Sterling Industries con tres minutos de retraso. Sus labios todavía hormigueaban traicioneramente por el beso de Stefan, pero su mente le gritaba que se enfocara en la batalla que estaba a punto de librar.
El lobby estaba inusualmente silencioso. Los empleados evitaban el contacto visual, y los murmullos cesaban abruptamente a su paso.
Lo sabían. Todos sabían que la reunión del piso cuarenta determinaría si mañana tendrían trabajo.
Margaret, su asistente,