La mano de Ethan seguía en su cabello, un peso cálido y constante que mantenía a Luciana anclada a la tierra, impidiendo que se disolviera en el aire frío del apartamento.
Por un segundo, Luciana se permitió creer que esto era el comienzo del perdón. Que tal vez, si se quedaba así el tiempo suficiente, el pasado se borraría.
Pero Ethan retiró la mano.
El movimiento fue lento, casi doloroso, pero definitivo. Como quien retira la mano del fuego antes de quemarse.
—No te confundas, Luciana —dijo él, su voz ronca rompiendo el hechizo—. Que te esté curando, que te haya salvado... no significa que haya olvidado. Esto no borra lo que pasó en esa mansión. No borra que él estuvo en tu cama. No borra cómo me miraste ese día.
La realidad cayó sobre Luciana como un balde de agua helada. Se puso de pie con las rodillas protestando. Asintió con una dignidad frágil, tratando de recomponer los pedazos de su orgullo frente al hombre que ahora la miraba con una mezcla letal de piedad y rechazo.
—Lo sé —