La mano de Ethan seguía en su cabello, un peso cálido y constante que mantenía a Luciana anclada a la tierra, impidiendo que se disolviera en el aire frío del apartamento.
Por un segundo, Luciana se permitió creer que esto era el comienzo del perdón. Que tal vez, si se quedaba así el tiempo suficiente, el pasado se borraría.
Pero Ethan retiró la mano.
El movimiento fue lento, casi doloroso, pero definitivo. Como quien retira la mano del fuego antes de quemarse.
—No te confundas, Luciana —dijo él