El primer indicio de que algo andaba mal fue el cambio de temperatura.
Ethan se despertó antes de que la primera luz gris del amanecer lograra atravesar las cortinas del Upper West Side. No se movió. Su cuerpo reaccionó antes que su consciencia, paralizándose ante la invasión de su espacio personal.
No estaba solo en su lado de la cama.
Durante la noche, buscando el calor de manera inconsciente, Luciana se había dado la vuelta. Ahora descansaba completamente apoyada sobre él, con la cabeza acomodada en el hueco de su hombro y el rostro escondido contra su cuello. Sus piernas estaban entrelazadas con las de él en un nudo íntimo y posesivo, como si incluso en sueños tuviera miedo de que él se escapara.
Pero lo que detuvo el corazón de Ethan fue sentir su brazo.
En algún momento de la madrugada, Luciana había deslizado su mano por debajo de su camiseta. Su palma, pequeña y suave, descansaba directamente sobre la piel desnuda de su torso, justo encima de sus costillas, absor