El sol de otoño bañaba las escalinatas de la Biblioteca Low en la Universidad de Columbia con una luz dorada y engañosa. Era una postal perfecta de la vida académica neoyorquina: el crujir de las hojas secas, el aroma a café recién tostado y el murmullo de cientos de estudiantes que debatían sobre el futuro, ajenos al peso de los imperios que se desmoronaban a pocas cuadras de allí.
Era una escena de normalidad idílica.
Y en medio de ella, bajando los escalones de piedra como si fuera una reina en el exilio, estaba Luciana.
Llevaba unos lentes de sol oscuros de Celine que ocultaban sus ojos hinchados por el insomnio, y abrazaba sus libros contra el pecho como si fueran un escudo antibalas. Nadie se le acercaba. Se había formado un perímetro invisible a su alrededor, una mezcla de respeto, miedo y chisme.
Ya no era solo la estudiante brillante. Era la CEO que había derrocado a una junta directiva. Era la mujer que había salido en la página seis del New York Post bajo el titular: "La Her