El sol de otoño bañaba las escalinatas de la Biblioteca Low en la Universidad de Columbia con una luz dorada y engañosa. Era una postal perfecta de la vida académica neoyorquina: el crujir de las hojas secas, el aroma a café recién tostado y el murmullo de cientos de estudiantes que debatían sobre el futuro, ajenos al peso de los imperios que se desmoronaban a pocas cuadras de allí.
Era una escena de normalidad idílica.
Y en medio de ella, bajando los escalones de piedra como si fuera una reina