Tokio no dormía, y Stefan Vanderbilt tampoco.
Eran las tres de la mañana en la metrópolis japonesa, un mar de luces de neón que se extendía hasta donde alcanzaba la vista desde el piso 45 de la Torre Vanderbilt en Marunouchi. El resplandor azulado de tres monitores de alta resolución era la única luz en su oficina privada, bañando su rostro con una palidez espectral. Stefan se aflojó el nudo de la corbata de seda por décima vez en la noche, sintiendo que el aire acondicionado de última generación era incapaz de enfriar la sangre que le hervía en las venas.
Frente a él, las gráficas de los mercados asiáticos parpadeaban con una indiferencia cruel, pero sus ojos no veían números. Veían un perfil de I*******m que no se actualizaba desde hacía doce días exactos.
Doce días.
Setenta días habían pasado desde que comenzó aquel maldito reto que lo cambió todo. Cincuenta y ocho días de lucha cuerpo a cuerpo en Nueva York hasta que Richard decidió que era momento de cobrar su deuda y lo envió al