Tokio no dormía, y Stefan Vanderbilt tampoco.
Eran las tres de la mañana en la metrópolis japonesa, un mar de luces de neón que se extendía hasta donde alcanzaba la vista desde el piso 45 de la Torre Vanderbilt en Marunouchi. El resplandor azulado de tres monitores de alta resolución era la única luz en su oficina privada, bañando su rostro con una palidez espectral. Stefan se aflojó el nudo de la corbata de seda por décima vez en la noche, sintiendo que el aire acondicionado de última generació