El sábado llegó con una calma engañosa, como el ojo de un huracán que se ha detenido sobre Manhattan para tomar aliento antes de arrasar con todo.
En el pequeño apartamento del Upper West Side, el aire estaba cargado de una electricidad diferente. No era la tensión de la pobreza, ni el miedo a los chismes universitarios. Era la estática de la anticipación.
Luciana estaba parada frente al espejo de cuerpo entero que Ethan había comprado en una venta de garaje y que ahora, increíblemente, reflejaba una imagen digna de la portada de Vogue.
El vestido era un Valentino negro, una pieza de archivo que había rescatado del fondo de su armario en la mansión esa tarde, antes de ir al apartamento de Ethan. La tela, pesada y lujosa, caía hasta el suelo en una columna perfecta, pero la espalda estaba completamente descubierta, un abismo de piel pálida enmarcado por tirantes finos que parecían hilos de telaraña.
No había lentejuelas. No había bordados excesivos. Era minimalismo letal. El tipo de ve